Cada Navidad comienza primero en un papel.
Antes de construir, imaginamos. Antes de colocar una luz, pensamos en lo que queremos que ocurra delante de ella.
bocetos · ideas · pruebas · recuerdos · infanciaTodo empieza observando
Nuestra Navidad no empieza cuando construimos el decorado.
Empieza mucho antes.
Guardando una imagen que nos hace sentir algo. Fijándonos en una textura, en un color, en la luz de una película, en una ilustración de un cuento o incluso en un recuerdo de nuestra propia infancia.
Después pensamos en vuestros hijos
En cómo se mueve un niño cuando se olvida de que hay una cámara delante.
En qué puede despertar su curiosidad.
Qué puede tocar. Qué puede descubrir. Qué puede abrir. Qué puede encontrar.
Qué puede hacer que se acerque a mamá o a papá sin que nadie tenga que pedírselo.
Y, sobre todo, qué puede provocar una emoción de verdad.
Porque cuando diseñamos una Navidad
no pensamos solamente
en cómo se va a ver.
Pensamos en
cómo se va a sentir.
Esta Navidad tenía que contar algo
No queríamos construir tres escenarios bonitos.
Queríamos que cada uno tuviera una razón para existir.
El bosque está para buscar, correr, jugar y elegir.
El picnic está para detenernos, acercarnos y compartir.
Y la puerta...
La puerta está para despertar esa parte de la infancia que todavía cree que detrás puede existir algo extraordinario.
Nada debería sentirse forzado
Nos gusta pensar que un buen escenario no necesita decirle constantemente a un niño qué tiene que hacer.
Tiene que darle motivos para hacerlo solo.
Una luz que quiera seguir. Una llave que quiera coger. Una puerta que quiera abrir. Una taza que quiera acercar.
Porque ahí aparecen los gestos que más nos importan.
Los que no se ensayan. Los que duran apenas un segundo. Los que hablan realmente de cómo son ahora.
Lo que verán
Luz, color, texturas y una estética cuidada hasta el último detalle.
Lo que harán
Buscar, jugar, tocar, descubrir, acercarse y compartir.
Lo que sentirán
Curiosidad, ilusión y esa pequeña magia que solamente pertenece a la infancia.
Nos importa cómo se ve.
Pero mucho más
cómo se vive.
Porque nuestra inspiración
no termina cuando conseguimos
construir un escenario bonito.
Termina cuando vuestro hijo entra en él,
se olvida de nosotros
y empieza a hacerlo suyo.
Entonces deja de ser un escenario
y se convierte en su historia.